Su corazón descansó en Buenos Aires

Por Ernesto Martinchuk

A través de los granos de arena del tiempo, en el seno del pueblo argentino, nuestro Ejército, pueblo él mismo, presenta hoy sus armas en homenaje a la memoria del Libertador, como lo hizo el 28 de mayo de 1880, cuando sus restos llegaron a Buenos Aires para ser depositados en el Mausoleo de la Catedral.

El héroe muerto en Boulogne sur-Mer realizaba así el anhelo expresado en su testamento: que su corazón volviera, para descansar, a la tierra argentina donde había palpitado por primera vez. Como un inmenso corazón, la Patria toda palpitó al recibir los despojos mortales del vencedor de San Lorenzo, Chacabuco, Maipú, y autor moral a la vez, de su independencia de nación políticamente soberana.

Sables y bayonetas desenvainadas brillaron aquel día del retorno rindiendo honores al auténtico creador de nuestras fuerzas armadas, a las que insufló, junto con el sentido de la organización y el espíritu de disciplina, el sentimiento invulnerable del Honor.

Escoltado por el acorazado El Plata y por las cañoneras ConstituciónBermejo y Paraná el transporte Villarino, a cuyo bordo se traían los restos, cruzó el estuario, fondeando junto al muelle de las Catalinas. Desde Montevideo habían viajado en el mismo barco los cadetes de nuestras escuelas militar y naval, que escoltaron la urna hasta la plaza San Martín. Iba aquélla cubierta por la bandera de los Andes. Una doble fila de soldados saludó solemnemente el paso del cortejo, que se dirigió, en medio del absoluto silencio de la multitud, al encuentro de la estatua que, años antes, erigió la gratitud argentina a uno de los héroes de la nacionalidad, al arquetipo de su estirpe.

En el antiguo Campo de la Gloria, allí donde el Ejército de la patria, aún en embrión, anunció al mundo su presencia al batirse contra el poderoso invasor inglés y donde seis años más tarde San Martín instaló su escuela de granaderos, por la voz del presidente de la República, doctor Nicolás Avellaneda, la nación expresó su emoción profunda. El primer mandatario advirtió que iba a pronunciar pocas palabras, según la inspiración de Quintiliano, (Calagurris Nassica Iulia, c. 35-Roma, c. 95) un retórico y pedagogo hispanorromano. La obra de la glorificación -dijo- estaba completa. Allí, reunidas la estatua y la urna, proclamaban una eternidad. A las palabras del primer mandatario, algunos de cuyos conceptos recogió la historia, siguieron las del vicepresidente de la República y las del ministro del Perú.

Terminada la ceremonia en la plaza la urna fue depositada en la carroza fúnebre, construida por don Carlos Seckman, en un aserradero de la calle Montevideo, e inspirada en la que condujo los restos de Wellignton hasta la catedral londinense de San Pablo.

Negro y oro el conjunto, lo ornaban el escudo nacional, las palabras Libertad y Unión, el monograma del Libertador, representaciones de corazas y morriones, las fechas más significativas de la epopeya sanmartiniana.

Puesto en marcha el cortejo, en el que, bajo un cielo plomizo, desfilaron más de cien mil personas, la multitud, reunida en aceras y balcones de la calle Florida, silenciosamente, arrojó flores en dirección del sitio donde, cubierto por un paño funeral, sobre el que aparecía la bandera de los Andes, iba el ataúd. Dos de los cordones dorados eran llevados por ex presidentes: Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.

Cuando la imponente columna llegó a la Catedral, un joven teniente santafesino pronunció unas emocionadas frases al depositar encima de la urna un gajo del pino de San Lorenzo. Era el teniente Riccheri, que tanto significaría luego en la organización de nuestro ejército. Poco después, los restos fueron depositados en el templo, bajo el crucero.

En cuatro grandes candelabros de bronce ardían cirios en la penumbra del recinto.

Afuera, acababa de trazar su rúbrica un rayo, y una lluvia torrencial caía sobre la muchedumbre descubierta.

Toda la noche montaron guardia en torno del túmulo altas figuras de las fuerzas armadas.

Brillaban en las sombras los oros del uniforme de granaderos…

Como en las jornadas iniciales de 1812, como en el Norte, en Cuyo, en Chile y en Perú, el Ejército argentino rodeaba a su jefe.

También es difícil imaginar aquel 17 de agosto de 1850 como el día de su muerte. El alma de San Martín abandonaba su envoltura carnal, para transfundirse al porvenir de la nacionalidad, para guiar la marcha futura de una columna a cuya cabeza va desde entonces, al frente, como en el cruce de los Andes; en el mando, como en el campo de batalla.

Aquella tarde no fue un deceso, sino un tránsito. Aquella tarde, ciego y pobre, cerró los ojos -anotó el encargado de negocios de Chile en Francia que estaba a su lado- “con la calma del justo…”

“Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia”, expresó  Aldous Huxley

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