Periodismo de folletón

«Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se descubrió en falsedad, y tú en un fanático». Ryszard Kapuscinski

Por Ernesto Martinchuk

Es bueno recordar que la libertad de expresión no es un regalo divino exclusivo de los periodistas, sino un derecho fundamental inherente al ser humano que elige vivir en democracia. Esa facultad de comunicación va de la mano del derecho a utilizar esa capacidad, en procura de la realización personal, para desarrollar una personalidad, tomar posición respecto de temas tanto públicos como privados, y en síntesis ejercer derechos para asumir un rol en la sociedad, donde también existen obligaciones.

Desde el lado oficial asistimos diariamente, a través del presidente, de la vocera o distintos funcionarios, a destacar con orgullo cifras que demuestran que estamos en el mejor de los mundos, mientras la realidad parece decir todo lo contrario. Son pocos los que creen en las cifras oficiales, mientras temas como la desnutrición infantil, la crisis terminal en la educación, donde los resultados indican que hemos descendido abruptamente de los primeros a los últimos puestos en todos los rubros analizados. A esto se le suma la recesión, la falta de inversiones, la inseguridad, los jóvenes que ni estudian, ni trabajan, los que aún después de dos décadas siguen viviendo de planes sociales, que sufren de falta de control y son utilizados, como moneda de cambio, por punteros políticos. Pero no todos los correctivos involucran la acción del gobierno, también el estamento político debe dar el ejemplo, pero a pesar de los esfuerzos y las muertes, sólo han pensado en ellos y cómo seguir manteniendo sus privilegios, a pesar de no estar capacitados para ocupar los puestos a los que fueron designados.

A todo esto, muchos periodistas, y por qué no decirlo, políticos, jueces, sindicalistas y empresarios, son víctimas de autocensura por temor al “carpetazo” o por negocio. Este tipo de práctica en la prensa, conduce a que muchos “periodistas” o comunicadores, prefieran trabajar con la agenda y la pauta oficial, o utilizando la información suministrada por el gobierno para, de esta forma, evitar contrariar la voluntad de su jefe, y contar con una buena cuenta bancaria, evitando la pérdida de sentido crítico de la fuente.

El enfrentamiento entre los intereses políticos, y sindicales con los empresariales y el respeto al derecho a la información alcanza su punto más crítico durante los contextos electorales. Una estructura de corte monopolista tanto por parte del Estado, como por parte de los medios de comunicación, termina comprometiendo la transparencia en el momento de informar al público, porque el contenido de los espacios informativos, sean escritos, radiales, televisivos o digitales, suelen alinear su posición, tanto editorial como de contenidos, según los intereses del grupo que representan. La empresa y el periodismo deben transitar por caminos diferentes, porque cuando se entremezclan, se pierde el verdadero sentido del trabajo periodístico.

Ha surgido, así, un periodismo de propaganda y movilización. De denuncia y de adulación. Un periodismo al servicio de los intereses políticos del oficialismo y otro de la oposición. Ha desaparecido, salvo contadas excepciones, el periodismo que debe registrar, documentar y presentar con equilibrio los diversos disensos entre las fuerzas políticas. Se ama o se odia con la misma intensidad y el resultado es un país dividido en gran abismo. Para un sector de la sociedad se está construyendo el definitivo ajuste de la justicia social y la clave para desarmar al capitalismo mundial y para otra parte se ha venido construyendo un nuevo modelo totalitario, lo cual habla de una complejidad que debe ser abordada rescatando la idea del ejercicio de periodismo como una fuente de equilibrio ante tanta tensión.

Michael Foucault dice: “no solo se trata de acumular riqueza o dominio, el poder es capacidad para producir realidades, para hacer visible ciertas prácticas, para describir, designar y calificar a sujetos y objetos. El poder es técnica, estrategia, lenguaje, medios”.

El peronismo en general y el kirchnerismo en particular, han mantenido siempre la habilidad para construir discursos, destreza para movilizar a partir de ficciones, crear territorios simbólicos, emblemas y palabras para sus seguidores. El poder es habilidad para comunicar, por eso los medios de comunicación son el centro del conflicto, porque la guerra gira en torno a las interpretaciones y la capacidad para construir realidades. Y como todos sabemos, en toda guerra, la primera víctima es la verdad.

En las últimas décadas se ha generado un individuo, -“periodista” o “comunicador”- que podríamos llamar un “bárbaro-civilizado”, alguien capaz de acumular muchas redes de información, pero carente de formación en el sentido de la cultura del razonamiento. Podríamos decir que se trata de un individuo que se atrinchera en una supuesta seguridad, despojada de identidad y responsabilidad.

>>>El periodismo entró en crisis

Estos fenómenos están, en muchos casos, incidiendo cada vez más, en la creación periodística, llevando la calidad informativa a lo meramente trivial. En muchos casos se da información no chequeada ni confirmada con otras fuentes, sólo por querer ser los primeros.  Podríamos afirmar que el periodismo, desde la década de los ´90, entró en una crisis de transformación permanente, continua y diaria

La prensa ha dejado de ser el lugar donde los Periodistas situaban las noticias jerarquizadas de acuerdo con sus criterios profesionales para convertirse en el contenedor de las historias que los lectores o audiencias prefieren o exigen para pagar por los contenidos. El lenguaje y la visión del periodismo han cambiado. Ahora, los lectores son usuarios o consumidores. Ahora, las informaciones, entrevistas y reportajes son narrativas. En las redacciones se habla más de números, de algoritmos y de porcentajes que de periodismo.

Ya no se trata tanto de buscar y escribir las noticias según el criterio profesional de los periodistas, sino de ser capaz de adornar y exhibir los contenidos de forma que llamen la atención del consumidor.

No valgo lo que valen mis noticias, valgo lo que valen mis clics, los comentarios o los puntos de rating que genera mi nota. Cuántos más clics, comentarios o puntos hago, más valioso soy. Y para eso, lo de menos es, sí la historia que cuento está bien o mal redactada, tiene relevancia política, social, cultural o mundial, o no la tiene.

Todos conocemos casos de periodistas que opinan, exactamente, lo que sus seguidores exigen que opinen. Y que dirigen sus crónicas hacia lo que sus lectores, oyentes o televidentes más fanáticos les exigen, convirtiéndose en adictos a los clics de sus informaciones o comentarios.

Las audiencias de las webs de los medios emborracharon a productores, directores, subdirectores, editores, redactores, jefes, periodistas sin graduación y porqué no decirlo, anunciantes comerciales también. Cualquier personaje, hoy, se puede convertir en “periodista”, “comentarista” o “panelista” con el solo requisito de poseer un contacto o un teléfono móvil en la mano.

>>>El folletón

El folletonista es un “periodista” que se da como tarea criticar, con la ayuda del folletón, todos los abusos de la sociedad opositora al oficialismo. Tal folletón se llama concreto, en el que los acontecimientos y personajes descritos, ridiculizados o criticados están definidos con exactitud, dirigiéndose la crítica concretamente a ellos. El llamado folletón generalmente también es concreto en realidad y refleja hechos reales, pero que, muchas veces, no son presentados con nombres, ni la crítica está dirigida a nadie con precisión.

No es tan corriente descubrir los abusos, pero mucho más difícil es comprobar quién los comete. Aún es más difícil indagar las causas de su aparición y lo más difícil es revelar todo esto al público que sufre esos abusos.

El folletón no es, en ningún caso, una información crítica. El creador debe estudiar bien el tema, pensar y después, con la forma correspondiente y los medios pertinentes, golpear en la raíz del mal.

Cada autor se enfrenta indispensablemente con algunas fallas humanas que sobreviven en la sociedad y que se hallan ocultas detrás de cada una de las deficiencias o los abusos sociales. Con el arribismo, la avidez, la envidia, el servilismo, la mentira y la calumnia realizan sus columnas. Estas, sin embargo, se ocultan hábilmente tras la demagogia, el miedo, la confianza, la indiferencia y demás bajezas humanas. Por eso, la primera tarea de quién práctica este “estilo”, es dedicarse a comprobar determinada realidad. Eso es válido no sólo para los materiales críticos, sino también para los que tienen por objetivo elogiar, ya que el daño que se desprende de un elogio injusto y falso suele ser mucho mayor que el daño por el abuso.

El protagonista puede contar de una manera muy interesante los más diversos relatos, y su actuación, comportamiento, mímica, su aspecto e incluso su lenguaje pueden provocar la risa o la ira.

La receta para el folletón no existe, pero si hay algunas prescripciones a nuestra disposición, todas ellas dependen de la “enfermedad”, y el estado del “paciente”.

>>>No caer en la tentación.

Contrario a lo que muchos piensan, el buen periodismo no depende solamente de los periodistas. Por supuesto que nos corresponde hacer bien la tarea, no caer en la tentación de perseguir la popularidad y mantenernos en la búsqueda de la verdad con responsabilidad e independencia. Debemos hacer periodismo de calidad, defender la libertad y hacerlo en nombre de la sociedad, porque nuestra labor es un servicio público. Si no lo hacemos bien es justo que nos reclamen. Sin embargo, el buen periodismo se logra de la mano de todos y por eso es bueno preguntarse también por el papel de las audiencias, los dueños de medios, los anunciantes, y los líderes.

Gracias a las redes cada persona tiene hoy en su mano la posibilidad de hacer más o menos visible un contenido, sin importar si es bueno o malo, si es verdadero, falso o si es un delito atroz. Al compartir una contenido digital, al leer un artículo, al escuchar una emisora o sintonizar un canal, cada ciudadano toma una decisión importante. Cientos de miles de ciudadanos ayudan a construir o destruir el buen periodismo.

Cuando el anunciante decide incluir su pauta en un medio con base solamente en los clic que genera sin preguntarse cómo se obtienen ni lo que eso implica, está tomando una decisión que nos afecta a todos. Cuando los dueños o directivos de medios presionan por el rating y la rentabilidad a cualquier precio, no piensan en lo que eso le va a hacer a la sociedad, a la democracia y a su propio negocio en el largo plazo. La ganancia inmediata, llámese clics, rating, ventas, a veces no permite ver la película completa, sólo nos muestra un cuadro.

El buen periodismo no es el que dice lo que nos gusta, ni el que confirma lo que pensamos, ni el que reafirma nuestros prejuicios. Las democracias en el mundo viven un momento de crisis y muchos líderes de distintas tendencias, que atentan contra ella, han entendido muy bien el poder de las emociones, y pueden convertir mentiras en “verdades” en segundos. El buen periodismo no es el que más “gusta”, es el que incomoda, el que busca verdades que se quieren ocultar, el que ronda a todos los poderes y les pide rendir cuentas. Ante la epidemia de desinformación, se requiere con urgencia buen periodismo para decantar, entender y tomar decisiones.

Lo importante es ser los más profundos dentro de este contexto histórico y político, lo más pedagógico, originando un periodismo que incite al debate, la discusión y también a la reflexión. Así las nuevas tecnologías se convertirán en un aliado y en un instrumento a nuestro servicio. Leer y releer lo que se escribe antes de publicar. No ser soberbio, y hacer un culto de nuestro rico idioma. Saber decir no. Ser una buena persona. Decir la verdad, ser respetuoso, tener honor y sentir orgullo de ser Periodista.