Alberto Asseff: “No van a correrme con la economía»

Nuestros males llevan noventa años. Ciertamente con vaivenes. Con escasos esplendores y muchos lapsos grises, espantosamente mediocres, decadentes, por momentos literalmente oscuros. Identificar las causas no es simple. En algún instante – de deleznable bisagra – ingresamos en la zona milagrera de que el Estado podía suplir nuestras falencias y vulnerabilidades. Es verdad que ese tiempo  poscrisis de 1929, el Estado emergió en todo el mundo – sobre todo en el occidental – como un auxiliar indispensable.

Acá empezó con la Junta Nacional de Granos en 1933, las Reguladoras de la Producción, el Banco Central – hasta entonces inexistente -, el intervencionismo en el mercado cambiario y mucho más. Los principios liberales de la Constitución empezaron en aquella década de los treinta a limitarse. No se restauraron nunca más.

El ascenso del rol estatal prosiguió su incesante marcha, más allá de interregnos que fueron vanos intentos, más que nada, de contener ese avance. Así arribamos a esta realidad de hoy donde 33 millones de argentinos dependen del Estado directamente. Esto nos está arrollando, no desarrollando.

Así, el Estado se ha agrandado, pero ello no significa ni que esté realmente presente donde se lo necesita ni que haya mejorado su eficacia como gestor de los intereses generales. Tampoco ha logrado transparentar la administración ni mucho menos profesionalizarse.

La burocracia es de por sí tediosa, escasamente innovadora. La rutina es tan invasiva y paralizante que en su seno rige a rajatabla ese dicho de que “clavo que sobresale es al primero que se remacha”. Nadie osa destacarse. El ‘buen’ burócrata es que pasa inadvertido. Ascenderá por antigüedad, nunca por mérito. En realidad, el sistema condena a la meritocracia casi como una inmoralidad, un atentado al igualitarismo en cuyo altar sucumben todos los esfuerzos para ser más productivos y creativos. El Estado como primerísimo actor político y socio-económico ha conducido esta nave que es nuestra Nación al declive mayúsculo que padecemos.

En ese contexto dolorosamente declinante, sobrevino la pandemia del coronavirus. Instantáneamente hubo consenso que ya nada sería igual que antes. Empero, cómo será ese futuro pospandémico presenta discordancias notables y en especial muy preocupantes.

Coincidimos que la telemática llegó para quedarse. Que el trabajo se ‘virtualizará’ mucho más rápido de lo que pensábamos´, que el comercio electrónico se desplegará, que la administración pública y privada se digitalizarán velozmente y muchas otras reformas. Pero el desacuerdo es casi abismal  en lo atinente al papel del Estado.

El frente gobernante es un coro anunciando que lo que viene es ‘más Estado’. Inexorablemente, al expandirse lo público, físicamente se contrae lo privado. Esto calza con una creencia extendida de que lo privado es voraz y explotador y que lo público es bondadoso y solidario. Serían el vicio contrastando con la virtud.

Este es el marco en el cual el presidente y su gobierno parecen hallarse cómodos con la ‘centena’ – de cuarentena ya no se puede hablar. El despliegue del Estado conlleva ineluctablemente más autoridad, menos libertad. Gobernar por decreto-ley es más sencillo que con la división republicana de poderes. Los sobreprecios son inveterados, pero con compras directas son más ‘jugosos’.

Una poderosa clase media fue y es un gran escollo para cualquier hegemonismo político. Pero si a fuerza de latigazos tributarios, de expansión estatal y de una fenomenal crisis económica se la despluma, el mundo ‘ideal’ para los gobernates aparece en el horizonte cercano: un país de votantes clientes, lejos del pueblo ciudadano. Votante sin libertad es un seguro de continuidad antirrepublicana en el ejercicio del poder. La Argentina con clientes y sin ciudadanos es la contracara de aquella que irrumpió pujante y asombrosa a fines del s.XIX. Plagada de planos reprochables, pero plena de potencialidades y esperanzas.

Cuando el presidente introdujo el falso dilema salud o economía y expresó la infausta frase “no me van a correr con la economía” anticipó este desastre que se nos viene encima. Consciente o no, él optó por el estatismo desbordante y el autoritarismo, relegando a las libertades de la Constitución que incluyen las económicas.

Así, ni la soja ni Vaca Muerta nos van a rescatar, tal como crudamente dice el ensayista David Rieff en La Nación del domingo 7 de junio. El estatismo nos sentencia a ser casi el excluyente caso de un país de abundancia empobrecido hasta el tuétano.

El pobrismo igualitarista está a micrones de cantar definitiva victoria, pero aún existe un delgado desfiladero de salida hacia el republicanismo. La bisagra ahora recalará en 2021. Será un año crucial. No parece que podamos diferir mucho más tiempo la resolución.