«La naturalización del delito en una sociedad desintegrada»

Por Laura Etcharren*

La descomposición social lleva décadas en Argentina y tuvo, en los últimos años, un acelere voraz en donde causalmente todas las mutaciones del delito coincidieron con los quiebres del tejido social. En ese proceso, lejos de ser protagonistas de una revolución productiva, los niños fueron protagonistas de una degradación sostenida en donde, sin tener conciencia de muerte, la naturalizaron en un contexto adverso del cual son emergentes. Consecuencias de una marginalidad generada y desarrollada desde arriba para instalar el principal capital cultural que hoy tiene la Argentina: la violencia.

Sus contactos primarios son con las armas, el alcohol y la droga. Tienen una socialización distorsionada para su edad. Legitiman la barbarie como si estuviesen dentro de un espacio lúdico del cual saldrán cuando lo cierto es que la barbarie es su cotidianidad.

Celebran con risas el lenguaje vulgar del universo del delito. De acuerdo con el contexto y el lugar que ocupen sus padres o sus tutores en la composición de la cadena del delito, serán estimulados para diversos actos que pondrán en jaque no sólo su vida sino también la del resto de una sociedad enferma y a su vez víctima que observa cómo la niñez se reduce a una palabra.

Los años bajan

El ingreso al delito también sufrió variaciones como consecuencia de la impunidad, la falta de educación y la creación de puestos de trabajo reales y no simulacro. Hoy un niño es captado por el delito desde los 7 años y hay casos, según fuentes de investigación, de niños de 6 años.

Llevar a un niño a delinquir era y es garantía de impunidad para la estructura adulta que los atravesó. Que prostituyó sus cabezas en una opacidad que los llevaría al ostracismo. A vivir «la vida loca» como si cada día fuese el último.

El fierro en lugar del muñeco.

Un arma secuestrada hace unos años en provincia de Buenos Aires a un menor tenía un escrito claro y fatal. La inscripción daba cuenta del poder de matar: «Dios te da la vida y yo te la quito».

Los niños no sólo son adoctrinados para encarar un proyecto de poder en el mundo del narcotráfico o de alguna otra vertiente del crimen organizado. Tampoco para encarar únicamente el camino de la guerrilla.

Los niños son adoctrinados para delitos que van de menor a mayor a través de la creación de un universo de significados internos en donde la vida es a corto plazo y si dura, es yapa o una estrategia de las mafias para ascender.

Son seducidos, en ocasiones, y tal como ocurrió hace un par de años en el enclave Conurbano Bonaerense, vendiéndoles dosis de paco o cocaína al dos por uno. «Los motivamos para que ingresen en la organización como vendedores al menudeo, como mulas y señuelos», relataba un arrepentido. «Les damos el dulce».

Por su parte, las organizaciones que ven en niños capacidades y cualidades para embarcarlos en el crimen a gran escala los «protegerán» de las drogas, pero los entregarán al siniestro de perder, por completo, la infancia. (Destaco: ningún niño soldado puede ser adoctrinado bajo consumo de drogas y mucho menos de paco).

El menor adoctrinado en una villa, rodeado de excesos, difícilmente escale. Excepto, como relata una fuente de investigación, que sea vendido por sus padres a una organización, lo que da lugar a otras vertientes del crimen organizado como el tráfico y la trata de personas.

Ellos no tienen conciencia de muerte, pero matan con la naturalidad que produce sobrevivir sin continentes educativos y tampoco emocionales. Son los niños que nacieron en riesgo. Emergentes de la cultura del zafe. Son, sin más, los hijos de la droga y de la globalización de la criminalidad.

* Socióloga. Especialista en pandillas, maras y narcotráfico en Centroamérica y Argentina